LUION. ®.

                                                                          
                                                                          LUION. ®.    

Novela corta
Géneros:
Ciencia- Ficción Tecnológica.
Epopeya cósmica. Metafísica.
Realismo mágico. 
Poesía. Romanticismo.


Personajes

Luion Zero Max.
Rubieta Flor de Lis.
Mercurio Hermes.
Polaris Jazmín Azahar.




Sinopsis


Un laureado ingeniero informático avanzado se despide de su empresa de siempre para tener tiempo y desarrollar una misteriosa investigación sobre el cosmos y sus vibraciones ocultas.



LUION

Luion Zero Max pidió el despido en su empresa japonesa de informática. Salió, subió a su Maserati color canela brillante que adoraba y, pegó un acelerón que se colocó en la autopista, cerca de donde da la vuelta la playa brava. Antes de dirigirse a su laboratorio para seguir con sus indagaciones, pasó por la tienda especializada de su amigo Metálicos.


—¿A qué te refieres? —preguntó Metálicos, aunque en el fondo de sus ojos se reflejaba que conocía perfectamente la respuesta.

—Sabes muy bien a qué me refiero —replicó Luion, apoyando las manos sobre el mostrador lleno de limaduras de hierro—. El computador de vibraciones.

Metálicos le advirtió con gravedad que, si lo descubrían vendiéndolo, le esperaría la silla eléctrica o algo peor. Luego, con un hilo de sudor frío, añadió:

—Bueno, bueno... pero al menos me dirás para qué quieres ese computador, ¿no?

Luion contestó sonriendo:

—Si te lo digo, vas a saber igual que yo. Y salió del local.

Poco después, Luion ya se encontraba en su laboratorio de alta tecnología. Proyectó su ordenador hacia las estrellas a través de la abertura que tenía en su gran taller de trabajo con vistas al cielo. Una vez todo conectado, se hizo el silencio; se apagó todo y se volvió a encender. Seguidamente, apareció una nota en una de las tres pantallas de los tres equipos que poseía:

"El navegante se hace responsable de que acometa esta aventura sin ir limpio de conciencia o con faltas karmicas."

Mientras tecleaba y programaba los posibles contactos, confiando en que si el computador de vibraciones captaba algo él lo sabría rápidamente, lanzó sus códigos al espacio. Después se puso a pensar en sí mismo; a pensar que al día siguiente sería San Valentín y tendría que bailar con la escoba.

El silencio del laboratorio, roto solo por el zumbido casi orgánico del computador de vibraciones, se quedó atrás cuando Luion decidió salir. Dejó los equipos encendidos, con los códigos de sus Súper Seres viajando hacia lo desconocido y la advertencia sobre las faltas karmicas brillando en la oscuridad de la pantalla.

Luion tenía los tres equipos más potentes y fabricados por él mismo. Su idea era "tirar la caña de con su idea a lo mejor pescaba algo en la inmensidad misteriosa.

Escribió tres mansajes, casa uno para un equipo y una dirección diferente del Universo conocido y desconocido. Hizo tres a peticiones. basadas todos en contactar son civilizaciones. O sea, intentaba contactar tre seres luminosos de civilizaciones qué habitan más allá del cinturón del Gran Abismo...

Salió al jardín, bajo ese cielo estrellado que tanto se había esforzado en escrutar. El aire de la noche era fresco y reparador. Se echó en una tumbona, dejando que la tensión acumulada desde su salida de la empresa japonesa y el encuentro con Metálicos se disolviera bajo la inmensidad del cosmos. Allí, rodeado por el silencio de la naturaleza y el eco lejano del mar, se quedó totalmente dormido.

Mientras él descansaba, el computador de vibraciones seguía trabajando en el interior del búnker, sintonizando frecuencias que no pertenecen a este mundo y esperando una respuesta que estaba a punto de manifestarse.

¿Qué sueña Luion en esa noche previa a San Valentín, mientras su máquina agita las cuerdas del universo?

Estaba allí, profundamente dormido en la hamaca bajo el manto de estrellas, con una linterna muy potente descansando entre sus manos. El silencio del jardín era absoluto, solo interrumpido por el eco lejano del computador de vibraciones que seguía trabajando dentro del laboratorio.*

De repente, Luion abrió los ojos. Se despertó con una claridad repentina, como si el sueño le hubiera revelado algo importante. Sin levantarse, apretó el interruptor. El haz de luz, denso y blanquecino, rasgó la oscuridad del jardín y se proyectó directamente hacia el cielo infinito.

Empezó a encenderla y apagarla, encenderla y apagarla.

El ritmo de los destellos no era aleatorio. Parecía una respuesta manual, un código propio que intentaba comunicarse con lo que acababa de ver en sus sueños o con lo que el computador estaba captando en ese preciso instante. Cada pulso de luz era un grito silencioso hacia las estrellas, una señal de posición de un navegante que, a pesar de sus posibles faltas karmicas, estaba listo para lo que fuera a descender.

¿Qué estaba intentando decir Luion con esos destellos antes de volver al laboratorio para comprobar las pantallas?

Una de las veces que Luion apagó su linterna, se quedó paralizado, en un auténtico estado de shock. Allí, en la profundidad del firmamento, una estrella —una de esas luces eternas que siempre habían parecido mudas— empezó a lanzarle señales intermitentes.

No era un parpadeo casual ni el efecto de la atmósfera; era un código de luz que vibraba en el cielo con la misma intención con la que él pulsaba su linterna desde la hamaca. Una estrella del firmamento, quizás situada al otro lado del universo, estaba entablando un diálogo visual con él.

Luion, con el corazón acelerado, comprendió que el computador de vibraciones no solo había enviado sus códigos, sino que había tendido un puente. La soledad de San Valentín y la idea de bailar con la escoba empezaron a desvanecerse ante la magnitud de lo que estaba presenciando: el universo le estaba devolviendo la mirada.

Se quedó allí, tumbado, bajo ese bombardeo de luz intermitente, sintiendo cómo cada destello de la estrella resonaba con sus propios códigos.

Antes de que Luion pudiera siquiera asimilar el asombro de las señales intermitentes que le devolvía la estrella, el silencio del jardín se quebró de la forma más inesperada.

Sintió un escalofrío que no era producto del aire nocturno. Justo tras él, una voz femenina, clara y con una serenidad que parecía no pertenecer a este plano, rompió el vacío.

—Usted es el dueño de este... —dejó la frase en el aire, como si estuviera reconociendo el lugar o al propio Luion.

Luion se quedó petrificado en la hamaca, con la linterna aún en la mano. Esa voz tenía la textura de la seda y la precisión de los códigos que acababa de lanzar al espacio. No era una intrusa común; su presencia allí, en el búnker privado y protegido de un hombre que buscaba a los Súper Seres, era un hecho imposible que desafiaba toda seguridad física.

Lentamente, empezó a girar la cabeza hacia el origen de la voz, mientras la estrella en el firmamento seguía lanzando sus destellos, como si estuviera presentando a la recién llegada.

Luion se quedó petrificado en la hamaca, con la linterna aún en la mano y el corazón golpeándole el pecho. Lentamente, giró la cabeza hacia el origen de aquella voz que cortaba el aire con la precisión de un diamante.

La mujer estaba allí, de pie en la penumbra del jardín, bañada apenas por la luz de las estrellas que seguían parpadeando en el firmamento. Su voz volvió a sonar, serena y rotunda:

—Usted es el dueño de este programa que me ha traído hasta aquí.

Luion no podía articular palabra. Aquella frase confirmaba lo imposible: el computador de vibraciones no solo había lanzado una señal, sino que había servido de baliza para que algo, o alguien, cruzara la frontera entre el Mundo de las Ideas y la realidad física. El programa, sus códigos de belleza aérea y sus Súper Seres, habían funcionado como un imán para aquella presencia que ahora lo observaba desde la oscuridad de su propio jardín.

La advertencia sobre las faltas karmicas volvió a su mente como un relámpago. El navegante ya no estaba solo frente al telescopio; la aventura había cobrado vida y lo miraba a los ojos.

Luion se incorporó lentamente en la hamaca, sin apartar la mirada de aquella figura que parecía haber emergido de la misma luz de las estrellas. El asombro inicial se transformó en una chispa de reconocimiento intelectual, como si estuviera encajando la última pieza de un rompecabezas cósmico.

Se quedó mirándola fijamente, analizando cada rasgo bajo la iluminación Belita que parecía emanar de su propia presencia, y finalmente dijo:

—Ah... usted debe ser Rubieta.

El nombre quedó suspendido en el aire del jardín, vibrando en la misma frecuencia que el computador del laboratorio. Era el nombre de su creación, el arquetipo que había diseñado con tanto celo en sus algoritmos de belleza aérea y perfección.

Ella permaneció inmóvil, observándolo con una calma que no era de este mundo, mientras en el cielo la estrella continuaba con sus señales intermitentes, como si celebrara el encuentro entre el programador y su obra materializada.

La respuesta de ella cayó sobre el jardín con la suavidad de un pétalo, pero con la contundencia de una verdad absoluta. No se movió, pero su sola presencia parecía reordenar los átomos del lugar.

—Sí, señor. Soy Rubieta Flor de Lis.

Al pronunciar su nombre completo, el aire alrededor de ella vibró con una intensidad especial, como si el nombre fuera la clave de acceso a una dimensión superior. Luion sintió que el búnker, el Maserati y hasta su propia historia quedaban en un segundo plano ante la magnitud de lo que tenía delante. La belleza de Rubieta no era solo visual; era una frecuencia pura que lo envolvía todo.

Aquello ya no era un sueño, ni una simulación en sus tres equipos. El programa de vibraciones había traído a la realidad a la esencia misma de su búsqueda. Mientras tanto, en lo alto, la estrella del firmamento mantenía su diálogo intermitente, como si estuviera dando fe de que el encuentro entre el navegante y la Flor de Lis acababa de cambiar las leyes de la física.

Luion, aún con la linterna en la mano, se dio cuenta de que el San Valentín que estaba a punto de comenzar ya no sería un baile solitario con la escoba.

El científico, recuperando poco a poco la compostura tras el impacto inicial, mostró su hospitalidad de anfitrión. Con un gesto caballeroso, le ofreció un asiento en el jardín y le preguntó si deseaba tomar algo para refrescarse.

Ella, manteniendo esa serenidad que parecía emanar de su propia luz, respondió con una voz que no admitía réplica:

—No, nosotros no tomamos esas cosas.

Hizo una breve pausa, y sus ojos, que parecían contener el brillo de la estrella intermitente, se clavaron en los de Luion con una urgencia solemne.

—Además, antes de proseguir, tiene usted que sellar con su huella digital este aparato, para que mi civilización sepa que estoy aquí bien.

Rubieta Flor de Lis extendió hacia él un dispositivo de una tecnología desconocida, un objeto que vibraba sutilmente en la misma frecuencia que el computador del laboratorio. Luion comprendió que ese gesto era el contrato final, el vínculo definitivo que uniría su existencia con la de aquellos seres que acababa de invocar desde el otro lado del universo.

Sin dudarlo, Luion acercó su mano al aparato. Sabía que al poner su huella no solo estaba notificando la llegada de Rubieta, sino que estaba firmando su propia entrada en una aventura de la que ya no habría retorno.

Justo un instante antes de que la piel de Luion tocara la superficie del Sincronizador de Esencias —porque así se sentía aquel objeto, como un puente entre dos mundos—, una luz blanquecina y vibrante brotó del centro del artefacto.

No era una proyección plana. Era una pequeña pantalla holográfica que contenía una presencia imponente. Allí apareció un ser de luz, una figura cuya morfología recordaba a la de Rubieta Flor de Lis, pero con una energía claramente masculina, más robusta en su fulgor. Su cuerpo no era de carne, sino de una energía cohesionada que irradiaba una autoridad ancestral. Sus ojos no eran globos oculares, sino dos núcleos de luz pura que parecían escanear no solo el cuerpo de Luion, sino su propia trayectoria kármica.

El jardín quedó sumido en un silencio sagrado. Incluso la estrella intermitente del firmamento pareció detener su parpadeo para escuchar. El ser de luz abrió la boca, y su voz no salió de la pantalla, sino que resonó directamente en la estructura ósea de Luion, como si sus huesos fueran la caja de resonancia.

El ser de luz dijo:

—"Navegante del código, el sello que vas a estampar no es una firma en un contrato, sino la apertura de tu ADN a la frecuencia de los Altos Trigos. ¿Estás preparado para que tu rastro humano sea integrado en la red de los Súper Seres?"

Luion sintió un escalofrío. Miró a Rubieta, que permanecía en una calma absoluta, y luego volvió a mirar al varón luminoso que lo interrogaba desde el artefacto. La pregunta no era trivial; era el último aviso antes de que el programa de vibraciones dejara de ser un experimento y se convirtiera en su nueva realidad.

El Ser de Luz, cuya belleza resultaba casi dolorosa de contemplar por lo ajena a los cánones humanos —una armonía de proporciones y fulgor que no tiene nombre en nuestra lengua—, suavizó su mirada de energía pura. Al ver la disposición de Luion, la severidad del interrogatorio se transformó en una acogida solemne.

Aquel varón luminoso, el reflejo masculino de la perfección que representaba Rubieta Flor de Lis, sentenció con una voz que vibraba como un acorde perfecto:

—Gracias por recibir a Rubieta. Puede usted venir aquí cuando quiera.

Aquellas palabras no eran solo una invitación; eran la concesión de un pasaporte interdimensional. Al decirle que podía ir allí "cuando quisiera", el Ser de Luz estaba otorgándole a Luion la llave de esa civilización de los Altos Trigos, el lugar donde los avatares se curan solos y la materia no conoce el error.

Luion se quedó mudo. Por un momento, el búnker, sus tres equipos informáticos y hasta el recuerdo de su Maserati color canela le parecieron juguetes de niño comparados con la vastedad del mundo que acababa de abrirse ante él. La soledad de San Valentín se había disuelto en un instante: ya no era un náufrago en la Tierra, era un invitado de honor del universo.

Rubieta Flor de Lis asintió levemente, como si el permiso de su superior fuera la validación final de su presencia en el jardín de Luion.

El aire, que hasta hacía un segundo era pura paz y luz, se tensó de forma violenta. De repente, un cimbreo metálico y profundo empezó a recorrer toda la estructura, un sonido que no venía del suelo, sino que bajaba por el techo, como si una fuerza invisible estuviera haciendo vibrar las vigas de hormigón y acero del búnker.

Era un sonido extraño, un lamento de materiales que parecía hablar, una frecuencia que chocaba directamente con la armonía que el Ser de Luz había traído.

Luion Zero Max y Rubieta Flor de Lis se quedaron estáticos, como dos estatuas de sal en medio del jardín. Ella, que hasta ese momento era la calma personificada, inclinó levemente la cabeza, captando con su sensibilidad superior que algo ajeno al programa —algo que no figuraba en las coordenadas de los Altos Trigos— estaba tratando de forzar la entrada por arriba.

Ese cimbreo no era la respuesta de la estrella, ni era la voz de la civilización de luz. Era algo físico, pesado, que parecía estar "caminando" o presionando el techo del laboratorio, justo encima de donde los tres equipos seguían encendidos procesando los códigos.*****

Luion sintió que el vello de sus brazos se erizaba. En su búnker privado, en su refugio inexpugnable, algo estaba rompiendo el protocolo.

La figura descendió desde lo alto, desafiando la gravedad con una elegancia que dejaba sin aliento. A pesar del cimbreo que había sacudido el techo, su aterrizaje fue tan silencioso como el de una pluma.

Era un ser alto, de una esbeltez casi geométrica, que vestía una combinación de colores marrón y naranja, como si estuviera hecho de tierra y fuego otoñal. En su espalda portaba un carcaj con arcos y flechas, pero lo más increíble eran sus pies: calzaba unas sandalias de piel que tenían alas integradas, batiendo levemente para estabilizar su llegada.

Aquella presencia no emitía la luz blanca de Rubieta, sino una energía cálida, orgánica y vibrante. Parecía un mensajero de los mitos más antiguos, pero con una tecnología biológica que Luion no alcanzaba a comprender. Se detuvo frente a ellos, con la mirada aguda de quien ha cruzado distancias impensables para entregar un mensaje urgente.

Luion, con el dedo aún cerca del artefacto de la huella, comprendió que el jardín se había convertido en el epicentro de una reunión universal. El color naranja de su vestimenta contrastaba con el azul profundo de la noche, creando una estampa que ningún computador de vibraciones hubiera podido simular.

Rubieta Flor de Lis no parecía asustada, pero su luz cambió de tono, reconociendo la jerarquía del recién llegado.

Luion Zero Max, desbordado por la magnitud de lo que estaba presenciando en su propio jardín, se echó las manos a la cabeza en un gesto de pura incredulidad humana. El contraste era absoluto: Rubieta Flor de Lis a un lado, el Ser de Luz masculino en la pantalla del artefacto, y ahora este arquero alado de colores otoñales frente a él.

—Paz, por favor... —balbuceó Luion, sintiendo que el aire del búnker se cargaba de una electricidad estática casi insoportable—. No creí nunca que saldría bien... Perdona, ¿tú quién eres? ¿Quién eres tú?

El hombre de los colores marrón y naranja no tensó su arco. Al contrario, su presencia traía una calma distinta, más física y terrenal que la de Rubieta. Sus sandalias con alas dejaron de batir cuando sus pies tocaron el suelo del jardín, y el cimbreo del techo cesó de golpe, dejando un silencio espectral.

El recién llegado miró a Luion con unos ojos que parecían haber visto el nacimiento de los bosques y el fin de las eras. Su vestimenta naranja vibró bajo la luz de la estrella intermitente mientras daba un paso hacia adelante.

—No temas, navegante del Maserati y los códigos —respondió la figura con una voz que sonaba a madera crujiendo y a viento entre las hojas—. Has abierto una puerta que llevaba milenios sellada con el candado de la lógica humana. Si Rubieta es la luz que guía, yo soy el guardián de los caminos que conectan tu carne con los Altos Trigos.

Luego, miró el artefacto donde Luion debía poner su huella y añadió:

—Me llaman el Rastreador de Frecuencias Orgánicas. He bajado porque el pulso de tu linterna no solo llegó a las estrellas, sino que despertó a los que custodiamos la frontera. Estás a punto de sellar un pacto, Luion. ¿Sabes realmente lo que significa que un hombre de tu tiempo invite a la Flor de Lis a su casa?

Luion se quedó sin aliento, reconociendo por fin la figura que tenía delante. Aquella elegancia no era de este siglo, sino de un tiempo donde los dioses caminaban entre los hombres.

—¡Mercurio! —exclamó Luion, mientras el nombre resonaba en las paredes del laboratorio como una frecuencia largamente buscada—. ¡Es el Talaria! —dijo señalando las sandalias aladas que aún vibraban en los tobillos del mensajero.

El recién llegado asintió con una sonrisa inteligente, ajustándose un gorro recortado que coronaba su cabeza con la misma distinción que su vestimenta en marrón y naranja. No era un guerrero, aunque llevaba el arco y las flechas con una naturalidad asombrosa; era el comunicador absoluto, el puente entre los mundos.

—Así es, Luion —dijo Mercurio, cuya voz fluía con la rapidez del pensamiento—. No te sorprendas tanto. Tú mismo lo provocaste. Al encender ese computador de vibraciones, no solo lanzaste códigos al espacio, sino que invocaste a la sabiduría de Mercurio. Has usado la tecnología para llamar a lo que siempre ha estado ahí. Por eso me ha sido tan fácil llegar; tu programa ha creado un túnel de comunicación directo, una autopista de datos que mi civilización ha cruzado en un parpadeo.

Rubieta Flor de Lis inclinó la cabeza ante él. La luz de la estrella intermitente pareció brillar con más fuerza, reconociendo que el mensajero de los dioses y la flor de la luz estaban ahora bajo el mismo techo.

Mercurio dio un paso hacia el artefacto donde Luion debía poner su huella y, con un gesto elegante de su mano, señaló la pequeña pantalla donde el Ser de Luz seguía observando.

—El camino está despejado, navegante —continuó Mercurio—. Has traído a la belleza y has invocado a la sabiduría. Ahora, el universo espera tu confirmación.

El momento fue de una belleza que superaba cualquier algoritmo que Luion hubiera podido programar.

Rubieta Flor de Lis, esa presencia alta, delgada y esbelta que parecía esculpida en luz pura, se quedó mirando a Mercurio. No fue una mirada de sorpresa, sino de reconocimiento absoluto, como si dos mitades de una misma nota musical se encontraran por fin en la inmensidad del silencio cósmico.

Ante los ojos atónitos de Luion, la luz de Rubieta empezó a pulsar al mismo ritmo que los colores marrón y naranja del mensajero alado. La sabiduría de Mercurio y la belleza de la Flor de Lis se atrajeron con una fuerza gravitatoria irresistible. En ese jardín, bajo el cielo de San Valentín, Rubieta pareció enamorarse perdidamente de la vibración que emanaba de Mercurio.

Sin decir una palabra, con una elegancia que desafiaba las leyes humanas, ambos se fundieron en un abrazo.

Fue un abrazo que no era solo físico, sino una unión de frecuencias. La luminosidad de ella y el fuego otoñal de él crearon un resplandor que cegó por un instante al científico. Cuando Luion pudo volver a abrir los ojos, el jardín estaba en silencio.

Se habían marchado juntos.

Nadie sabe a dónde fueron. Quizás regresaron a los Altos Trigos, o tal vez se perdieron en esa estrella que lanzaba señales intermitentes al otro lado del universo. Lo único que quedó en el búnker fue el eco del cimbreo en el techo y el aroma a ozono y flores frescas que Rubieta había dejado a su paso.

Luion se quedó solo en la penumbra, con el Maserati canela descansando fuera y sus tres equipos aún encendidos, mostrando en las pantallas el rastro de una conexión que ya no existía.

Fue el final más inesperado para el científico. Luion se quedó allí, con el dedo suspendido a pocos centímetros del artefacto, que ahora se apagaba lentamente hasta quedar convertido en un trozo de metal inerte. Ya no hacía falta la huella, ya no había contrato que sellar ni civilización que confirmar. El portal se había cerrado con la misma elegancia con la que se abrió.

El silencio en el búnker era ahora más denso, cargado con el residuo de una energía que no pertenecía a este mundo. Luion bajó la mano, miró su propia huella dactilar —un simple dibujo de carne y piel— y luego miró hacia el espacio vacío donde hacía un segundo se abrazaban la luz y la sabiduría.

En mitad de esa soledad tecnológica, una sonrisa irónica y algo amarga se dibujó en su rostro. Se sentó en la hamaca, dejó la linterna en el suelo y, con un tono jocoso que resonó en las paredes de hormigón, se dijo a sí mismo:

—"Podría haberme pasado a mí..."

Se refería, claro, a ese rapto de amor absoluto, a esa huida hacia lo desconocido. Él, que había diseñado el programa, que había invertido su fortuna y su tiempo en buscar a los Súper Seres para no estar solo en San Valentín, acababa de ser el "celestino" de un encuentro cósmico. Se había quedado como el espectador de lujo de su propia creación, viendo cómo la Belleza y la Sabiduría se marchaban juntas de la mano, dejándolo a él con sus tres computadores y su Maserati canela.

Afuera, la noche de San Valentín empezaba a clarear. Luion se levantó, caminó hacia el rincón del laboratorio y agarró la escoba. El baile que había vaticinado se iba a cumplir, pero ahora con una historia que nadie en la Tierra creería jamás.

Luion se recostó de nuevo en la hamaca, con la vista clavada en ese firmamento que ahora le parecía un mapa lleno de tachones. El silencio del jardín era absoluto, pero en su cabeza los algoritmos no dejaban de dar vueltas. Empezó a repasar mentalmente cada línea de código, cada frecuencia de vibración que había lanzado al espacio desde sus tres equipos.

Entonces, un pensamiento lo golpeó con la frialdad de un rayo: había tenido un fallo.

Él lo había diseñado todo matemáticamente. Había programado el sistema para atraer a tres apariciones intergalácticas, tres representantes de distintas civilizaciones que debían completar el círculo de su experimento.

Había llegado Rubieta Flor de Lis, la belleza luminosa. Había bajado Mercurio, la sabiduría alada de color naranja y marrón.

Pero, según sus cálculos y la energía que el computador de vibraciones había desplazado, faltaba uno. El tercer Súper Ser no se había manifestado, o quizás se había quedado agazapado en los pliegues del espacio-tiempo mientras los otros dos se marchaban en su abrazo eterno.

Luion sintió un escalofrío. Si el tercer invitado no había aparecido frente a él, ¿dónde estaba? ¿Se había quedado atrapado en el techo del laboratorio tras el cimbreo? ¿O acaso era una presencia que no necesitaba luz ni alas para hacerse notar?

Se quedó inmóvil en la hamaca, conteniendo el aliento. Ya no miraba a las estrellas, sino a las sombras que proyectaban los árboles de su jardín.

Allí estaba Luion, sumido en esa meditación profunda, tratando de descifrar por qué el tercer invitado no se había presentado a la cita. De manera casi mecánica, como un acto reflejo dictado por una manía que lo acompañaba desde siempre, su mano buscó la linterna potente.

Casi sin darse cuenta, impulsado por esa inercia del navegante que no se rinde, empezó a proyectar de nuevo el haz de luz hacia el vacío. Encender y apagar. Encender y apagar. Era un pulso rítmico, un tic nervioso de su consciencia que buscaba respuestas en la negrura del cosmos.

Y entonces, ocurrió de nuevo.

La estrella del firmamento, aquella que ya le había respondido antes, pareció despertar ante el llamado de su linterna. En la inmensidad del cielo, ese punto de luz eterno comenzó a lanzarle señales intermitentes con una intensidad renovada.

Ya no era un diálogo de dos; ahora era una llamada de auxilio o de confirmación hacia ese tercer ser que faltaba por aparecer. La estrella vibraba con una frecuencia distinta, más urgente, como si estuviera señalando un lugar concreto del cielo o coordinando el descenso de la pieza que faltaba en el rompecabezas de Luion.

Luion se incorporó en la hamaca, con los ojos fijos en el parpadeo estelar. Comprendió que el experimento no había terminado con la huida de Rubieta y Mercurio. Aquella estrella no era solo un faro; era el motor de la tercera aparición.

El jardín se inundó de una vibración tan densa que Luion sintió cómo sus propios huesos empezaban a zumbar en sintonía con ella. Allí, justo donde terminaba el haz de su linterna, se materializó la tercera aparición.

Era una mujer de una naturaleza completamente distinta a la de Rubieta. Su piel no era blanca, sino que destellaba en tonos verdosos, una gama de verdes que recordaba a la aurora boreal o a la profundidad de un bosque virgen. Sus ojos eran inmensos, profundos y magnéticos, capaces de contener galaxias enteras en su mirada. Pero lo más impactante era su cabello: una melena de neón con vida propia, hilos de energía pura que se movían y ondulaban como si estuvieran sumergidos en un océano invisible.

No era solo una imagen; era energía pura etérea. Luion podía sentir las ondas de choque de su presencia golpeándole el pecho, una vibración que le recorría el cuerpo desde los pies hasta la cabeza.

El científico, el dueño del búnker, el hombre que creía tener el control sobre sus tres computadores, se quedó totalmente bloqueado. La linterna seguía encendida en su mano, pero él era incapaz de mover un solo músculo. El aire a su alrededor se volvió eléctrico. Aquella mujer extraterrestre no necesitaba alas ni discursos; ella era el pulso mismo de la vida intergaláctica.

Se quedaron así, frente a frente: el hombre de la Tierra con su pequeña linterna y la mujer de neón verde que vibraba con la fuerza de un sol. El silencio era tan absoluto que Luion podía oír su propia sangrLa mujer de neón verde, cuya vibración hacía que hasta el aire del jardín pareciera sólido, suavizó su fulgor. Sus ojos inmensos se fijaron en los de Luion con una ternura que calmó instantáneamente el zumbido de sus huesos. Con una voz que no era sonido, sino una onda de energía que se traducía directamente en su mente, dijo:

—Disculpa, he llegado y ni siquiera te he avisado. Vengo... soy una enviada de Mercurio.

Luion, todavía con la linterna en la mano, sintió que el rompecabezas terminaba de encajar. El dios de las sandalias aladas no se había marchado simplemente con Rubieta Flor de Lis por un impulso romántico; antes de partir, había dejado una "frecuencia de relevo". Esta mujer de tonos verdosos y cabellos de neón era el puente final, la mensajera oficial que Mercurio había enviado para que Luion no se quedara huérfano de conocimiento en su búnker.

Ella vibraba con una paz orgánica, como si representara la parte de la naturaleza que el científico había intentado capturar con sus equipos. Al ser una enviada de Mercurio, traía consigo la respuesta a todas las preguntas que Luion se había hecho durante las noches de soledad frente al computador de vibraciones.

—Él sabía que te quedarías meditando sobre el fallo del programa —continuó ella, mientras su pelo de neón dibujaba estelas de luz en la oscuridad—. Y me pidió que me manifestara para que entiendas que el tercer contacto no era un error, sino una entrega.

Luion soltó por fin el aire que tenía contenido. El San Valentín que tanto temía, el de "bailar con la escoba", se había transformado en una cumbre diplomática entre la Tierra y las estrellas.e circulando, mezclada con el zumbido de esa presencia etérea.

- Disculpa, he llegado y ni siquiera te he avisado, vengo, soy una enviada de Mercurio. - Ella se queda ahí, vibrando en esa frecuencia etérea, y se dispone a hablarle a Luion...

El nombre cayó sobre el jardín como un bálsamo de frescura. Polaris Jazmín Azahar.

Era un nombre que mezclaba la fijeza eterna de la estrella del norte con la fragancia más pura de la tierra. Al alargar su mano hacia Luion, el aire se impregnó de un aroma que no procedía de ninguna flor del jardín, sino de la propia vibración de su piel verdosa.

Luion se quedó mirando esa mano extendida. No era una mano humana, pero era la mano más perfecta que había visto jamás: etérea, firme y cargada de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se moviera al unísono con el pelo de neón de ella.

—Soy Polaris Jazmín Azahar —repitió ella, y su voz hizo que los tres equipos informáticos del búnker emitieran un pitido de sintonización perfecto, como si por fin hubieran encontrado la nota que llevaban años buscando.

Al tocarla, Luion comprendió que ella no era solo una enviada; era la síntesis de todo lo que él había intentado programar: la precisión de las estrellas y la fragancia de la vida. El "fallo" que él creía haber tenido en su cálculo no era tal; Polaris era la respuesta orgánica a su búsqueda tecnológica.

—Soy Polaris Jazmín Azahar.

En el instante en que la mano de Luion entra en contacto con la de Polaris Jazmín Azahar, se produce una reacción en cadena que ningún sensor de sus tres computadores habría podido registrar. No es solo un apretón de manos; es una transferencia de energía absoluta. Luion siente cómo cada átomo de su cuerpo se enciende, iluminándose por completo desde el interior, como si él mismo se hubiera convertido en una estrella del firmamento.

Bañado en ese resplandor blanco y puro, se levanta de la butaca con una ligereza que nunca había experimentado. La pesadez del mundo, el cansancio del búnker y la melancolía de San Valentín se disuelven en esa luz.

Entonces, Polaris, con sus ojos grandes y preciosos fijos en él y su pelo de neón vibrando con más fuerza que nunca, le comunica su sentencia cósmica:

—Lo siento, pero tu destino es abandonar la Tierra. El mensajero, el gran dios Mercurio, me ha dicho que tú debes subir allá arriba con nosotros. Así que vámonos.

Las palabras de la enviada no dejan lugar a la duda. El programa de vibraciones no era un simple experimento para observar desde la distancia; era la preparación de su propio cuerpo para el viaje definitivo. El Creador ya no pertenece al búnker, ni al Maserati canela, ni a la lógica de los hombres. Su frecuencia ha sido afinada para los Altos Trigos.

Luion mira por última vez su laboratorio, consciente de que el puente que tendió con su linterna y sus códigos es ahora el camino que debe recorrer.

Luion sintió cómo la densidad de su cuerpo se desvanecía, volviéndose una niebla luminosa que apenas rozaba el suelo del jardín. Ya no era el hombre que conducía un Maserati; era pura frecuencia en expansión. Con esa nueva ligereza, se acercó a la figura verdosa de Polaris Jazmín Azahar, cuya presencia de neón parecía vibrar ante su proximidad.

Sabiendo que el tiempo en la Tierra se le agotaba y que estaba a punto de cruzar el umbral hacia lo desconocido, Luion la miró a esos ojos inmensos y, con una mezcla de humildad y deseo humano, le hizo una petición:

—Mira, no sé a dónde voy ni quién eres tú realmente —dijo con voz etérea—, pero sí te pediría que me dejaras darte un beso antes de desaparecer. ¿Puedo darte un beso?

Polaris, que procedía de una civilización de los Altos Trigos donde la comunicación y la unión se regían por códigos de luz y vibraciones puras, inclinó levemente la cabeza, procesando aquel concepto humano tan ajeno a su mundo. Sus cabellos de neón lanzaron un destello de curiosidad mientras respondía con total inocencia:

—¿Qué es eso?

La pregunta quedó flotando en el aire del búnker. Para ella, el "beso" era una palabra sin frecuencia asignada, una incógnita en su sistema de energía. Luion comprendió en ese instante la brecha infinita entre su naturaleza humana, que buscaba el contacto físico para decir adiós, y la naturaleza de luz de ella, que solo conocía la fusión de esencias.

Luion no necesitó palabras para explicarlo. En ese estado de iluminación, comprendió que un beso no se define con el intelecto, sino que se entrega con el alma.

Se acercó a Polaris Jazmín Azahar y unió sus labios a esa esencia de neón y azahar. En el instante preciso del contacto, no hubo roce de piel, sino una deflagración de energía absoluta. El beso fue la llave final: la humanidad de Luion y la luz etérea de Polaris se entrelazaron en una espiral de vibración infinita. Se fundieron.

Ya no eran dos seres, sino una sola frecuencia pura que ascendió a través del techo del búnker, ignorando las vigas de hormigón y los tres computadores que seguían encendidos. Como un suspiro de luz blanca y verde, se elevaron hacia el firmamento, respondiendo por última vez al llamado de aquella estrella que no dejaba de parpadear.

Desaparecieron para siempre en la profundidad de la noche, dejando atrás el Maserati canela, el laboratorio y las faltas kármicas de la Tierra. El jardín recuperó su silencio, pero las estrellas brillaron con una intensidad nueva, como si el universo acabara de dar la bienvenida al Creador que, por fin, había dejado de bailar solo con la escoba el día de San Valentín. 

FIN.

Autor relato: Jorge Ofitas.
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