El hotelito de la luna plateada.®.

 
El hotelito de la luna plateada.®.
Realismo fantástico con su mágica sombra. 
Intriga y suspense. 
Relato del libro del autor: Ámbar y Jazmín.
Autor relato: Jorge Ofitas. ®.
 

Aparcó el viejo coche de gasoil en la cima de la loma. El sol circulaba por el medio día, a lo lejos el mar parecía un clímax verde azulado de agua y viento. No había ni una nube en todo el cielo visible. La mar. ¿A dónde iré ahora? Dejó el coche allí, enfiló entonces un camino de arenilla perdida bordeado de chumberas, el sombrero color verde le resguardaba la mollera hasta cierto punto, caminaría hasta que encontrase alguien virtuoso. ¿Y si el virtuoso fuese yo? En tal caso no haría falta encontrar a nadie. Que salutación girar la cabeza apenas recalentada y ver aquel mar, el viento es inexcusable por estas lindes y no tengo nada que buscar ni adivinar, en realidad ya lo tengo, lo que sea, debo tenerlo... 

Las gaviotas siempre van con el mar, igual que el viento, que la espumilla de caramelo blanco o alguien desnudo. A la gente no se le debería permitir llevar ropa cerca de una playa, es una ofensa contra el medio ambiente, pensó. El encontronazo de una gran ola contra los pequeños arrecifes y la posterior espuma voladora le hicieron detenerse en su caminata salina y arenosa con sol de justicia, echaría un penúltimo pitillo y luego lo dejaría. 

¡¡Oh ayúdame gran mar!! Anclado quedé, anclado quedé... Caminó por el borde del ébano que sobresalía de las nieves estiva les encendidas de amarillo pletórico goteado de sal. Ni siquiera tenía sed. ¡Oh mar! ¡Mi gran mar! Hijo directo de la estrella plateada de mi madre luna. Ya no podré venir mas a pedirte lo que ya sabes... 

- Una gran ola enjuagó sus sandalias. 

Mar, la mar, mi mar, mi mar amor, pare ce como si la brisa trajera olor a gálbano quemado, o sol, mi sol. En la playa había huesos de antiguos barcos pesqueros abandonados, cuerdas enredadas en palos, alambres u otras porquerías marítimas que la marea sabia expulsó a las arenas fangosas. Todo estaba igual, ese mar oscuro y bravísimo de otros días, creyó que aquello había dejado de existir...

Transcurrió una hora antes que dejase de caminar por aquella playa. Miró como embobado las inmensas olas romper allí frente a sus ojos. ¿Será posible que la mar en complot con la luna nos concediese todo aquello que deseamos? ¡Mar!. Tal vez ya no regrese nunca por aquí, gran mar, que hay de lo que durante años pedí al viento. 

- Eh amigo, le apetece un trago de agua, parece sediento. - Gracias lo aceptaré. 

¿Le ha enviado el mar? Exclamó el hostelero. 

- ¿Cómo ha dicho? 

- No importa, ja, ja, ja. Gracias por el agua. 

Mar, ¿me oyes gran mar amado? Gracias por el agua... 

Preparó todo, antes de medianoche debía tener cumplimentado todo el ritual memorizado de antemano... 

- ¡Eh usted! ¡El de ahí abajo! ¡Salga de ahí, viene una fuerte tormenta! 

- ¡Vale, gracias!... 

Siguió allí sentado musitando palabras de sal. - ¿Con qué es eso? Me llevarás contigo, me tumbaré al sol entonces y me taparé la cabeza con mis manos gritaré en mis adentros. ¿Por qué gran mar? Ya no podré volver a venir. Ni siquiera Ella me oye, ya no me cuentas cosas como antes, pero puedes ayudarme, eres voluptuoso y tal vez al verme aquí ante tus fauces te apiadas de este espíritu marino de otros tiempos, herido mal sano soy al intentar mover tus sentimientos. Ah, rugosa es tu piel salina, deja que te acaricie y ponga mi cabeza en tu vientre... 

El sombrero huyó con la ventisca, una imponente tormenta salió del oscuro y profundo océano y la arena suspendida arañaba como cuan do los gatos temen al agua... 

Ya sé oh sol, te he ofendido, Noooo, Noooo... Un rayo orgulloso encendió el horizonte divino, oscurecido ahora con el reflejo de una fiera negra de diamante que parecía haberse tragado el día sin avisar. Eolo lo empujó hacia las rocas, tropezó y se dio un fuerte golpe que lo dejó inconsciente. Se acabó, no había necesidad de luchar más, vio entonces el fondo del océano negro y profundo, también veía el exterior, quieto y perfumado de mirra, las aguas parecían una aguamarina de berilo, la paz encontrada del hombre que vuelve a la matriz de la gran madre. ¿Dónde se encontraba? Todo estaba seco y no se veía ni un hálito de agua en ninguna parte, ni elevaciones montañosas, ni vegetación, ni animal alguno, el paisaje, era un terrón amarillento cubierto de esqueletos de animales cetáceos, descansando, donde antes existió el gran mar. - Mar. ¿Dónde estás? Oh mar. Dime, dónde fuiste, quién te robó antes de tiempo. Gritó como un loco mirando a todas partes. - Ah, ah, ah. Amén. Y presionó su rostro contra el suelo seco por si lograba oír aún el corazón de la gran madre Tierra... 

Caminó durante días, el paisaje era como repetido una y otra vez, no tenía sed, que extraño, tampoco vio a agua dulce para reponerse. El cielo es de color amarillo y negro por el horizonte, seguía el reguero de esqueletos de animales marinos. Sin duda todo había acabado ya, de repente, dio un suspiro poderoso al lejos, parecía que las aguas volvían por sus cauces, grandes aguas de color verde oscuro, todo fue barrido y tal vez algún día siglos más tarde... 

- Señor despierte. Hemos llegado. ¡Parada del hotelito de la luna plateada! Es justo ahí cerca del faro rojizo. 

- Gracias, he tenido una pesadilla. 

- Con el aire del atardecer se le pasará... 

Cogió su maleta y bajo las escalinatas robadas al monte arenoso y que conducían a la playa. 

- Le estábamos esperando. Exclamó el recepcionista, hombre para todo. 

- Por favor póngase este abrigo. 

- ¿Ella ha llegado? Sabe, necesito verla la mar de cerca, esperé tanto tiempo este momento. 

- Le prepararé una copa, parece destemplado. ¿Qué licor le sirvo señor? 

- No, no, solamente quiero ver el mar. 

- Pues se aproxima una fuerte tormenta... 

Oyó el balanceo y el crujir de las maderas que bailaban con el viento que llegaba del fondo del océano. - Oh, las olas son como caballos de agua delirantes, oh. - Señor esta noche ya no pasarán mas autobuses y ella no vendrá. 

- Si vendrá. 

- Señor vaya junto al fuego, iré a la cocina por algo de cena. 

- ¿Ha oído eso? 

- ¿El qué? 

- La campanilla de la puerta de la entrada, es Ella. 

- No he oído nada parecido. Habrá sido el viento. 

Una ola impetuosa pero noble impactó los ventanales próximos a la playa. 

- ¡Ayúdeme aprisa o saldremos volando! 

- El no nos hará daño. 

- Por favor deme esos tablones. 

- Sabe qué Ella viene hacia aquí y se retirará. 

- Pero, ¿Quién es Ella? ¡Deje de decir esas cosas y venga aquí! Aprisa, se ha vuelto loco o que. 

- ¿Oye eso? Es el teléfono. 

- Iré a cogerlo, espere. Cierre todo bien, a que espera. 

- ¿Y si viene? 

- Ya se lo he dicho, quién ha venido es esa tormenta. 

- Vendrá, lo hará. 

- La tormenta durará toda la noche, le aconsejo que tome un baño, el desayuno es a la seis, siento lo de su plantón. 

- Si se le ocurre decir eso otra vez le mataré, ella, nunca me faltó a su cita... 

La estructura de aquel edificio de madera se tambaleaba por el viento feroz de la noche oscura. Subió las escaleras los tablones crujían a su paso, era una habitación del tercer piso y desde allí podría ver la mar como avarienta de besos dulces y siempre enfadada por el comportamiento de los hombres Divinos, es su madre la gran madre quién se lo cuenta, tal vez los hombres son chivatos por eso. No se veía casi nada a través de la cristalera empapada y se acostó en la camita fría  mientras el temporal besaba el horizonte inescrutable para la mirada del hombre. Después de un largo rato despertó y miró de reojo hacia el tragaluz, una luminosidad azul violada se colaba por el ventanal y no se oía las olas ni el viento ni perturbación alguna, se levantó entonces y fue al trasluz. La luna estaría cerca con su cara amable pero no la veía, abrió la ventana y respiró la noche quieta hinchándose de su amor astral, miró al gran mar no había olas solo una calma tal que se embriagó y entonces la vio entre la niebla lavanda de Luna, miraba hacia la ventana un vestido blanco brillante la delataba.

- ¡Es Ella! Exclamó mientras se ojeaba en el espejo con la mirada extraviada. ¡Es Ella! Oh. - Fue apresurado a su bolsa de viaje, sonreía con la ligereza de un loco, como si algo realmente extraordinario acabara de ocurrirle. - Oh es Ella. - Susurraba sin cesar. Sacó un pañuelo anudado que contenía algún objeto; Era un colgante con un zafiro precioso incrustado en una montura de plata de ley, lo puso en el trasluz de la luna y cerró los ojos. Quiso mirar otra vez para verla pero no quiso tentar la suerte. - Es Ella. ¡La túnica! ¡Si la túnica blanca! ¡Como Ella si, como Ella! Mi razón oh gran mar, dónde ha ido... Bajó apresurado con el zafiro y una guirnalda de jazmines, su palpitar era intenso, retiró uno de los tablones y salió a la noche apaciguada. La luna estaba frente a él y Ella lo miraba intensamente, desde aquella distancia se cruzaron sus miradas como el beso continuo de un destello zafirino. Una vez pertrechado y erguido caminó hasta ella, se puso de rodillas y colocó la cabeza en su vientre, podía adivinar su piel y su aroma a gálbano, ella le acarició el pelo y le indujo a levantarse , por fin uno frente al otro.

– Primero deja que te ponga este zafiro en tu cuello, así debe ser. 

- Yo te pongo este ámbar en tu cuello como debe ser. 

– Y este jazmín para tu pelo, Diosa de los hombres. 

- Y este aroma de mi piel os entrego. 

- Para siempre. - Para siempre. - Ella le dio su mano izquierda, él sacó una pequeña daga y ambos mientras se mezclaban su sangre dijeron; - Siempre juntos, se pusieron a girar en círculos con sus manos entrelazadas y llegaron hasta la orilla del gran mar quieto ahora como en algunos sueños azules, seguían girando en círculos mientras se adentraban en el mar, musitaban algo, sus miradas destellaban como presas de una excelsa alegría, desaparecieron por la senda blanquecina que inventó la luna y nunca nadie volvió a verlos ni vivos ni muertos... 


FIN
Autor relato: Jorge Ofitas. 
Spain. 2009. ®. Europe. 2026. ®.

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